Hay autos que trascienden el tiempo, que no solo se manejan, sino que se viven. Modelos que lograron algo más que moverse: conectaron con la identidad de quienes los condujeron. Desde el humilde y entrañable Volkswagen Sedán hasta el imponente Toyota Supra, cada uno dejó una huella distinta en la historia automotriz y en la memoria colectiva.
El Bocho: la revolución de lo cotidiano
El Volkswagen Sedán —mejor conocido como el “Bocho”— no solo fue un auto, fue parte de la familia. Fabricado durante más de seis décadas, se convirtió en un símbolo de accesibilidad, resistencia y carisma. Su sencillez mecánica lo hizo eterno, y su diseño redondeado conquistó a generaciones que aprendieron a conducir sobre su inconfundible silueta. México fue su último hogar de producción, cerrando un capítulo icónico del automovilismo mundial.
Del músculo al estilo japonés
Mientras el Bocho representaba lo práctico, el Ford Mustang trajo consigo la era del poder. En los años 60 y 70, su rugido marcó el inicio de la pasión por el performance, con líneas agresivas y motores que hacían vibrar las calles. Décadas después, el auge japonés cambió las reglas: Nissan GT-R, Mazda RX-7 y Toyota Supra se convirtieron en los nuevos referentes del poder refinado. Autos creados no solo para correr, sino para demostrar ingeniería precisa, estética y espíritu competitivo.
El Supra: leyenda moderna
El Toyota Supra es el heredero de esa mezcla perfecta entre potencia y tecnología. Desde su resurgimiento reciente, se ha consolidado como un auto que honra su legado sin perder modernidad. Es el puente entre lo analógico y lo digital, entre la nostalgia y el futuro del alto rendimiento.
Cada generación tiene su auto insignia, aquel que define una época y despierta emociones con solo verlo pasar. Del Bocho al Supra, lo que realmente se mantiene constante es la pasión: esa chispa que convierte a un vehículo en parte de nuestra historia personal sobre el asfalto.





