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La historia detrás del primer auto eléctrico

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A mediados del siglo XIX, mucho antes de Tesla o los híbridos modernos, ya existía una idea que buscaba cambiar la manera de desplazarse: el automóvil eléctrico. Su historia, aunque poco mencionada, fue el primer destello de una movilidad más limpia y eficiente.

El primer vehículo impulsado por electricidad se remonta a 1832, cuando el inventor escocés Robert Anderson presentó un prototipo rudimentario. Su máquina, aunque primitiva, abrió la puerta a una era de innovación. Décadas más tarde, inventores europeos como Gustave Trouvé en Francia y Thomas Davenport en Estados Unidos perfeccionaron el concepto, incorporando baterías recargables y motores más eficientes.

Hacia finales del siglo XIX, los autos eléctricos comenzaron a circular por las calles de Londres y Nueva York. En ese momento, eran considerados una opción de lujo: limpios, silenciosos y fáciles de conducir, especialmente en comparación con los ruidosos y complicados autos de gasolina.

El éxito inicial fue breve. Con la llegada del motor de combustión interna y la producción en masa del Ford Model T, los eléctricos quedaron relegados. Su autonomía limitada y el alto costo de las baterías sellaron temporalmente su destino. Durante gran parte del siglo XX, fueron recordados como una promesa inconclusa.

Pero la historia no terminó ahí. Con el avance de las tecnologías de litio y la urgencia por frenar las emisiones contaminantes, el auto eléctrico volvió a tomar protagonismo. Hoy, las grandes marcas retoman aquella idea nacida hace casi dos siglos, demostrando que el futuro muchas veces se esconde en los inventos del pasado.

El primer auto eléctrico no solo fue una curiosidad técnica; fue una declaración visionaria. Su legado sigue acelerando, impulsando una revolución silenciosa que apenas comienza a tomar velocidad.

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